In Profundis…

 

Con este microrrelato pretendo rendir homenaje al legado de dos autores que marcaron una parte importante de mi juventud. Agradecerles también aquellas noches inquietas al descubrir en sus novelas y relatos el terror más inconcebible, y descubrir la expresión escrita del amor más hermosa en sus rimas. He tenido la osadía de intentar dicho homenaje utilizando el estilo de su prosa. Sé que me perdonareis dicho acto porque no soy escritor, solo soy una persona más que escribe y desea transmitiros una emoción personal.

 

Edición gráfica: Luis y Pedro Segura

 

La cálida brisa de una primavera marchita mecía el cabello oscuro y rizado de aquel hombre de tez pálida que observaba a través de la ventana el vuelo de las golondrinas. El gorjeo encadenado que estas aves cantarinas emitían le evocó recuerdos de un amor lejano. De una dicha de las que fueron testigos pero que nunca volverá. Recordó que en tiempos pasados plasmó este mismo pensamiento en un poema, y que, sin ser consciente, enalteció a dichas aves encadenándolas para toda la eternidad a una emoción transformadora: el amor. Se estremeció suspirando por ella. Un hombre que a pesar de sobrevivir en un monte plagado de ánimas continuaba temiendo más al amor no correspondido que a los espectros.
El largo y angustiado maullido de un félido negro como el azabache le apartó de su absorción. Con la mirada siguió el majestuoso caminar de ese intruso animal que, con la gracia de la que están dotados los felinos, subió a una mesa que se hallaba casi oculta en el ángulo más oscuro del salón, donde reposaba un Arpa que el tiempo y el olvido había cubierto de polvo. Sobre la mesa, un hombre que portaba una extraña vestimenta escribía frenéticamente a la luz de una vela posada a su diestra. Era delgado y de porte enfermizo. Visiblemente alterado, levantaba su cabeza y miraba a su alrededor. Se mostraba temeroso. Como si huyera de alguien o de…algo. Repentinamente la llama de la vela osciló revelando el rostro angustiado del singular personaje. Proyectando tras él, una sombra danzarina en la pared con la forma de una siniestra ave, la de un cuervo. 

Levantó la mirada, parecía perturbado en la contemplación de algo que solo él podía ver. Su mano derecha se posó en el lado izquierdo de su pecho tratando de aplacar el latido constante de su corazón delator. Una palpitación provocada por la contemplación de una presencia que se manifestó en medio del salón. Allí estaba de nuevo ella, Eleonor, su amor perdido. Con los brazos extendidos hacia él pidiéndole auxilio. En medio de la nada, desamparada y sola.
También él estaba marcado por las cicatrices del amor y de lo oculto. Testigo de los últimos días de su amigo Rodrigo Usher y el derrumbe de su dinastía. Y lo que sus ojos contemplaron fue lo imposible. Pero al igual que su homónimo temía más al desamor que a lo desconocido.
La melodía desafinada de un órgano se extendió por todo el salón. La danza macabra de unas sombras amenazantes giraba alrededor de aquellos dos personajes de un tiempo distante, pero unidos por una sola alma.
Los quejidos delirantes provenientes de la profunda oscuridad que envolvía todo el lugar formaron una siniestra banda sonora.
Visiones aterradoras se revelaron. Ánimas, fantasmas, que solo anidaban en la dimensión que sus mentes crearon se mostraron por todo el recinto.
Cuartillas de papel con versos, poemas y relatos que sus plumas plasmaron con verbo exquisito flotaban en el aire.
Ellos parecían ajenos a todo cuanto sucedía a su alrededor, mientras un espectáculo de luces y sombras llenaba el recinto, esparciéndose y fundiéndose con el entorno. En ese instante comprendieron que nuevamente habían sido convocados por el recuerdo de aquellos que no están en su plano. Por las emociones provocadas al recitar uno de sus poemas o leer uno de sus relatos. Regresando para continuar con la labor que en vida emprendieron, tratando de acabar su obra infinita.
Y en aquel lugar donde todo es posible, donde todo es ajeno e indiferente y el ayer, el hoy o el mañana, es solo un adverbio de tiempo, se produjo una cita con lo improbable y una certeza innegable. Sin nuestros recuerdos…

¡Que solos se quedan los muertos!

 

 

 

Autor: Pedro Segura – llenodestrellas.com –