El rostro en la puerta Capítulo final

 

 

De madrugada un guardia del Consejo despertó a Ona-Icna. En la entrada a la ciudad un hombre solicitaba audiencia al Consejo para un asunto de extrema gravedad. Había llegado acompañado de otros hombres a caballo y con un carro cubierto por telares. Ona-Icna lo hizo pasar. Su nombre era Ogu-Drev jefe de una de las tribus salvajes y más temidas de las que habitan en tierras cercanas al gran lago. Se decía que mataban a cualquiera que entrara en sus tierras y a sus enemigos arrancándoles la piel y comiéndose sus cadáveres. Pero lejos de contemplar a un salvaje se encontró con un hombre desesperado que entre sus brazos llevaba a su hijo enfermo y suplicaba ayuda. Ona-Icna pensó que la providencia hizo que desconociera el altar de Ada-Roda y entrará a la ciudad y decidió aprovecharla llamando a Arot-Neder.
Cuando la joven acudió, agarró delicadamente las frágiles manitas del infante y le miró a los ojos que apenas podía mantener abiertos. Arot-Neder se convulsionó un par de veces y seguidamente soltó las manitas sudorosas por la fiebre.

Su hijo se muere sin que se pueda hacer nada -Le dijo Arot-Neder

En ese momento sorprendiendo a todos los presentes apareció Ada-Roda escoltada por un par de sus fieles.

Soy Ada-Roda. Acompañarme. -Le dijo a Ogu-Drev el cual se encontraba confuso por la situación.

Mientras que sus hombres lo guiaban al altar Oda miró a Ona y a Arot

Nunca volváis a entrometeros en mis asuntos -les dijo desafiante –Venía a solicitar mis servicios y no los vuestros.

Ada-Roda les dio la espalda dirigiéndose al altar y Ona-Icna le dijo

Ada-Roda si ese niño muere y tú le das a ese hombre, un temible guerrero, una falsa ilusión…

¡Si su fe es real… se curará! -le gritó a Ona-Icna mientras se alejaba.

En los días siguientes, la tensión entre el Consejo y la Orden fue acrecentándose. El templo fue ocupado por una parte de los fieles de la Orden para estar al tanto de lo que sucediera en la ciudad, demostrando la desconfianza hacia el Consejo. Adornaron las paredes y columnas de la entrada al templo con telares en los que se encontraban retratado el rostro de Ada-Roda que parecían estar vigilando permanentemente a la ciudad.

Por otra parte, y sin pretenderlo, el prestigio de Arot-Neder se fue extendiendo cada vez más por toda la ciudad. La joven ayudaba desinteresadamente con su don a todo aquel que lo necesitara y huía de los elogios exaltados. Algunos comenzaron a llamarla la nueva Ada algo que llegó a oídos de la propia Ada-Roda por los fieles desplazados en el templo.
La respuesta no se hizo esperar y comenzó a difundir con la ayuda de sus fieles las sospechas de que la forastera desde que fue acogida en la ciudad parecía portadora de algunas desgracias que últimamente se habían producido en Adani-Muli. También que a pesar de su apariencia noble podría ocultar su verdadera intención, arrebatar el poder que Ada había obtenido de su familia.
El Consejo estaba al corriente de todo lo que sucedía y estaban pendientes de cualquier noticia sobre la suerte del hijo de Ogu-Drev. Habían pasado muchas semanas desde que Ogu-Drev solicitó ayuda para su hijo enfermo y ninguna noticia de que hubiera muerto, tal como anunció Arot-Neder, había llegado a sus oídos. Todos se preguntaban si Arot se había equivocado o si Ada lo había curado. Ante dicha incertidumbre Ona habló con Arot para preguntarle si era posible que se hubiera confundido. Pero Arot afirmaba que lo visto aquella noche era la muerte del desafortunado niño y así Ona se lo transmitió al Consejo que comenzaban a dudar de todo.
Ada-Roda recuperó una parte de la afluencia perdida para regocijo de Ada y de ello se vanagloriaba ante el Consejo con misivas que eran distribuidas por la ciudad. Entre los partidarios de la Orden Roda y del Consejo se produjeron altercados y por primera vez en la historia de la ciudad la guardia del Consejo tuvo que intervenir. Los hurtos a los comercios e incluso de objetos de valor del templo se sucedieron y la Orden no dudo en culpar a los extranjeros causando con ello que fueran los principales sospechosos. El Consejo doblegó el número de guardias para vigilar e intervenir ante cualquier conflicto que se ocasionase en la ciudad. Ona-Icna vislumbró claramente la mano de Ada-Roda en esta insurgencia y así se lo comunicó al Consejo. También ellos sospechaban de la influencia de Ada-Roda en los altercados que se ocasionaban en la ciudad. Estaban obligados a intervenir sino querían perder el control de Adani-Muli. Tenían que hacerse con el templo para apresar a los fieles que allí se encontraban y demostrar que ellos eran los únicos instigadores de la ciudad. Pero cómo hacerlo sin que ello no originase más violencia. En ese momento una joven que desde las sombras surgió les dijo

Tal vez yo pueda ayudaros -Era Arot-Neder

Sorprendidos por la presencia de la joven todos guardaron silencio mirándola atentamente

Debéis perdonarme por la intromisión, salí a buscar a Ona-Icna y me dijeron que estaba reunida. Por ello he venido hasta aquí. Tengo algo que contar a este Consejo y es necesario que me creáis.

Aquella noche uno de los hombres del templo entró a oscuras en la habitación de Arot-Neder y mientras dormía le asestó varias puñaladas. Su mano, al igual que su cuchillo, estaba empapada en sangre. Seguidamente palpó el cuerpo para cerciorarse de que no se movía y regresó por donde entró. Todo ello sin saber que había sido observado por Ona-Icna y un guardia del Consejo. Se trataba de uno de los fieles de la Orden Roda enviado para matar a la joven, pero Arot lo había visto ese mismo día en su visión y por ello acudió a Ona. Aquel esbirro había acuchillado a un cadáver que ocupaba el aposento donde Arot debería descansar.
Al día siguiente se comunicó a la población la supuesta muerte de Arot-Neder produciendo una conmoción entre a la población. El Consejo esperó a la reacción de Ada-Roda que no se demoró en aprovechar el duelo para ir a la ciudad y culpar a los forasteros del crimen y al Consejo por no proteger a los ciudadanos, continuando con su particular ofensiva.
Mientras Ada-Roda hablaba el Consejo en pleno escoltado por su guardia apareció en el templo. Todos los allí congregados se apartaron dando paso a la comitiva.

Mientes Ada-Roda -Le dijo Ona serenamente.

Ada miró al hombre que a su derecha se encontraba delatando al autor del crimen.

Sí, ese es el hombre que anoche entró en el aposento de Arot-Neder para acabar con su vida. Yo y mis guardias fuimos testigos.

Un murmullo que crecía por momentos provenientes de los presentes se adueñó de la sala.

Pero acuchilló a un cadáver que se había puesto allí a propósito.

Ada-Roda intentó decir algo cuando, descubriéndose la capucha que llevaba puesta, se adelantó Arot-Neder

Una visión me mostró mi asesinato.

La multitud bramó sorprendida al ver a la joven sana y salva.

Y también quién lo había ordenado… ¡Tú!

Los gritos del gentío ya no cesaban algunos en contra y otros a favor de Ada-Roda

– ¡Mentira!¡todo es falso! -Gritaba Ada-Roda mientras salía corriendo del templo arropada por sus hombres – ¡Ellos son los que han planeado todo esto!

Cuando la verdad fue revelada una parte decidió ignorarla y entregar su vida por la mentira. La soberbia fue más fuerte y una guerra se declaró en defensa de un falso credo.
La locura se apoderó de todos los que allí vivían y durante días se asesinaron mutuamente si eran de bandos contrarios. El templo ardió y el fuego se extendió por toda la ciudad devorando todo lo que encontraba a su paso. Nadie pudo salir pues las puertas fueron selladas por orden de Ada-Roda. Ella se refugió en su altar sin importarle el destino de su ciudad y su gente, protegida por una corte de fieles mientras que el resto entregaba sus vidas por ella.

Fue una noche, mientras que el fragor del enfrentamiento aun resonaba tras las puertas de Adani-Muli, que un hombre ataviado con ropas oscuras entró sigilosamente en el altar como lo hace una fiera cuando caza. Ese hombre, jefe de una tribu, era el mejor guerrero y asesino de las tierras del gran lago, era Ogu-Drev. También considerado un salvaje.
Mientras recorría el altar contemplaba la cara de Ada-Roda por todas partes y su odio crecía, pero también la tristeza por la pérdida de su hijo. Murió tal y como predijo aquella joven que lo haría.
Uno a uno, sin que pudieran reaccionar, rasgó las gargantas de quienes custodiaban los aposentos de Ada-Roda hasta llegar al mismo.
Deslizó la cortina como lo haría la brisa del viento. La miró como yacía tendida en su aposento plácidamente mientras en la ciudad todo había sido consumido por el odio que ella había engendrado. Se descubrió la cara, deseaba que fuera lo último que viera. Ada-Roda abrió sus ojos. Allí la descuartizó y arrancó con delicadeza el rostro de Ada-Roda guardándolo en una bolsa y salió del altar cumplida su venganza y dejando tras de sí la muerte.
Acompañado por sus hombres se dirigió a la ciudad, aún le quedaba algo por hacer. Abrieron las puertas y un hedor insoportable salió de ellas. Ordenó a sus hombres que remataran a todo aquel que encontraran con vida para acabar con su sufrimiento. Ogu-Drev buscaba entre los cadáveres a la joven, tenía una deuda con ella. Durante mucho tiempo estuvieron buscándola sin hallarla. Pronto amanecería y ante tanta cenizas y cuerpos hacinados se convertia en una hazaña imposible. Sus hombres montaron a los caballos y Ogu-Drev se detuvo en la entrada de la ciudad mirando como el Sol se elevaba. Una ligera brisa acarició su pelo y provocó que su mirada se dirigiera a un pequeño remolino en el suelo levantando las cenizas. Sin saber por qué se dirigió hacia el lugar ante la atenta mirada de sus hombres que esperaban la orden de partir. Allí el cuerpo de una anciana calcinada parecía estar abrazando algo. Aunque su rostro estaba totalmente desfigurado le resulto conocida, era la mujer que le concedió audiencia aquella noche. Levantó su cuerpo y entre sus brazos tenía a la joven que buscaba, Arot-Neder. Su cara estaba casi intacta, pero no su cuerpo. Arrancó de los brazos el cuerpo de la joven e hizo un llamamiento a dos de sus hombres. Les ordenó llevarla al lugar donde bebería estar, el altar. Una vez allí le dio sepultura. Luego volvió a la ciudad y con ayuda de sus hombres volvieron a sellar las puertas. De la bolsa sacó el rostro de Ada-Roda aún ensangrentado y lleno de ira y odio lo estampó contra las puertas quedando pegado en estas.

Y dicen que en la Colina de los Vientos todo es luz, pero que cuando llegas a las cercanías de lo que una vez fue una ciudad todo es pestilente y oscuro. Y si contemplas el rostro desfigurado que en las puertas está estampado no es para impedir que nadie entre sino para que la maldad nunca salga.

FIN

 

 

El rostro en la puerta Capítulo II

 

Pronto se extendió la noticia de construir un altar para Ada-Roda por todos los rincones de la región y en poco tiempo miles de personas se presentaron voluntariamente en la Colina de los Vientos para colaborar en la construcción. Una muestra más del poder que Ada-Roda ejercía sobre la gente y que no dudaba en exhibirlo ante el Consejo.
En tan solo unas semanas el altar estaba casi construido, pero una tormenta obligó a detener los trabajos. Durante semanas llovió y el viento soplaba con ira. Todas las personas fueron cobijadas en el Templo de la ciudad. Hacía tiempo que no se veía una tormenta como esa. Y pronto la gente desplazada creyó ver en la situación un mal presagio. Quizá los dioses no deseaban ese altar. Sin demora alguna Ada-Roda congregó a todos los que en el Templo moraban y a sus fieles y como solo ella sabía convenció de lo contrario -Los dioses nos demuestran que el altar que se está erigiendo es capaz de resistir a cualquier inclemencia porque es un lugar donde el peregrino encontrará lo que busca-
Al día siguiente mientras el Sol iluminaba la mañana la guardia del Consejo divisó a una mujer. Caminaba lentamente y dando tumbos mientras se dirigía a la entrada y cuando se encontraba cerca de la misma cayó al suelo. La trasladaron al dispensario rápidamente y allí recobró el sentido. Era muy joven y menuda. Sus ojos y cabellos del color del azabache. Su rostro y las extremidades que sus harapos no cubrían estaban quemadas por el Sol. Se mostraba desorientada y no respondía a las preguntas. Tampoco recordaba su nombre y volvió a perder el conocimiento. Durante días la estuvieron cuidando. Solo dormía y cuando la fiebre le aumentó todos temieron por su vida. Pero no fue así, poco después la fiebre le abandonó y la joven fue recuperándose.
Cuando abrió los ojos miró a su alrededor y se encontró con Ona-Icna a su lado izquierdo y a su derecha a Ada-Roda que la miraba fijamente. Tenía un extraño peinado, los ojos eran oscuros no tanto como los de ella, su nariz ancha y con labios provenientes

¿De dónde vienes? -le preguntó Ada.
De un lugar del que no me quieren -respondió la joven.

La contestación pareció irritar a Ada-Roda.

– ¿Por qué no te quieren?
¿Es esta la ciudad llamada Adani-Muli?
En ella estas. Ahora contesta a mi pregunta.

Ona-Icna encontró extraña la hostilidad de Ada-Roda hacia la joven que acababa de recobrar la conciencia. Había requerido de su presencia para que pudiera ayudar a esa joven.

Vinieron de la otra orilla del río, de tierras muertas. Asesinaron a mi familia, a la mayoría de los hombres y mujeres mayores de mi aldea. En mi tribu todos éramos pescadores, no guerreros. Una noche aprovechando la tormenta escapé. Nadie quiso arriesgarse y caminé sola sin rumbo hasta que recordé lo que algunos de mi tribu habían escuchado sobre Adani-Muli. Atravesé el río y subí a la parte más alta de la región y desde allí, tal como se decía, el resplandor de la ciudad señaló mi camino.

¿Y tu nombre? -le dijo Ada-Roda sin mostrar compasión alguna por la joven.

Arot de la familia Neder

Ona observaba la inquietud de Ada sin que ella se percatara. La recién llegada la perturbaba y no entendía el motivo.

Los días transcurrieron y la construcción del altar progresaba satisfactoriamente. En sus alrededores, así como en el templo, todo era júbilo. Sus fieles enarbolaban las banderas con la cara de Ada-Roda contagiando el entusiasmo que le profesaban al resto de los ciudadanos.
Arot-Neder, la joven recién llegada, sin conocer las tareas que en la ciudad se realizaban se afanaba en ayudar. Aprendía rápidamente y pronto se ganó el afecto de toda la comunidad, así como el sustento ofrecido. Visitaba el Templo y Ada-Roda no desaprovechaba la ocasión para comprometerla por cualquier situación. Algo que siempre resultó infructuoso porque la joven, a pesar de su juventud, parecía anticiparse y evitarla. Una situación que irritaba a Ada-Roda y acrecentaba la antipatía sobre Arot-Neder.
La construcción del altar llegó a su fin. Y el mismo día en el que las puertas del altar se abrirían para acoger a los peregrinos algo aconteció.
El rumor recorrió Adani-Muli llegando al Consejo y a Ada-Roda. Esa misma mañana Arot-Neder tuvo una visión en la que dos jóvenes que se disponían a labrar la tierra morían aplastados por su propio carro al romperse una de sus ruedas y caer por un barranco. Angustiada fue en busca de ellos para evitarlo. Cuando los localizó les contó su visión. Decidieron comprobarlo haciendo que los caballos arrastrasen el carro cargado y mientras hacían el recorrido la rueda se partió en pedazos cayendo la carga, pero sin lamentar ninguna desgracia. Les había salvado la vida.

Aquel día tan especial para Ada-Roda quedó ensombrecido por el acontecimiento descrito.
Muchos eran los que elogiaron a Arot-Neder y comenzó a extenderse la popularidad de la joven. Demostrando que no fue una casualidad ya que posteriormente aconsejó a otras personas en la toma de decisiones de manera siempre acertada.
Ada-Roda dejó de acudir al Templo, obligando a todos sus fieles a desplazarse al altar. Era una muestra de poder. Allí dominaba todo cuanto sucedía, pero desde fuera de Adani-Muli. Comenzó a expulsar a todo aquel que la cuestionara. Así como a quienes elogiaran a la forastera que era como llamaba a Arot-Neder. Esto fue el principio del fin.
Al contrario de la lentitud con la que las proezas se propagan, los fracasos se difunden con mayor celeridad quedando permanentemente en la memoria de todos. Las afirmaciones de que muchas de las peticiones concedidas por Ada-Roda nunca se vieron cumplidas se extendieron por todos los territorios y llegando hasta la ciudad. Se decía que muchos lo habían perdido todo incluso…la vida.
La falta de credibilidad quebró una parte de la magia ¿Qué es la fe sin creyentes? Muchos de los peregrinos retornaron a sus aldeas. Ada-Roda sintió por primera vez en su vida la indiferencia. La afluencia al altar disminuyó y por primera vez en años el número de los que a la ciudad acudían para comerciar superó al de los peregrinos.
Ante esta situación que ya se alargaba más tiempo del deseado por Ada-Roda, ésta decidió hacer un llamamiento a todos sus fieles en el altar. Su intención era, una vez más, una demostración de fuerza pues convocó a casi la mitad de la población de Adani-Muli, pero en su altar en Colina de los Vientos, fuera de la ciudad. Las antorchas iluminaban el centro del altar donde Ada-Roda permanecía de pie ante su tribuna. La mayoría de los congregados portaban una tela o banderín con la imagen de ella.

A esos que dicen que no se les concedió sus peticiones, a los que difunden que mi magia no obra milagros yo les preguntaría: ¿Qué hay de vuestra fe, la verdadera? ¿Vinisteis a mí con humildad? ¿O tal vez pedisteis algo que hasta los propios dioses estaban en contra? -Dijo Ada-Roda alzando la voz para ser escuchada por todos – Aquellos que con falsedades intentan obtener para sí lo ajeno, a esos, nada les será concedido y serán debidamente castigados.

La ovación de los congregados le impidió continuar. La euforia de los creyentes semejaba más a la de un ejército que arde en deseo de combatir. Todo ello fue observado discretamente por Ona-Icna que era acompañada, por petición suya, de Arot-Neder. Las dos marcharon de allí con sigilo arropadas por la noche, dejando atrás el vocerío desenfrenado en aquella congregación.
Al día siguiente Ona reunió al Consejo. Después de lo de anoche temía que la situación se descontrolara y más aún cuando Arot le dijo lo que percibió. Una vez expuesta al Consejo la situación Ona hizo entrar, ante la sorpresa de todos, a Arot-Neder.

Aquí ante vosotros tenéis a una joven llena de virtudes -Dijo Ona al Consejo mientras la joven temblaba visiblemente –Una recién llegada pero no menos que ninguno, pues en poco tiempo ha sido considerada por todos como una más -Le dijo posando sus manos sobre los hombros de Arot tratando de tranquilizarla

Todos los reunidos la observaban a la vez que aguardaban que Ona-Icna prosiguiera

Como dije antes una joven virtuosa pero no es por ese el motivo que está aquí presente. Es porque también es una joven dotada con un don divino que le permite ver lo que nadie puede. Adelante Arot-Neder dile a este Consejo lo que anoche a mi confesaste.

La joven respiró pausadamente tratando de calmarse y comenzó a relatarles lo que percibió

He visto a toda la ciudad envuelta en llamas. Muertos, muchos muertos y mucha sangre y Ada-Roda contemplaba nuestra muerte.

Los consejeros murmuraron y Ona les pidió silencio haciéndole un gesto a Arot para que continuase

Está alterada, furiosa y también tiene miedo. Sabe que todo lo que su familia ha conseguido ella lo puede perder, porque es consciente de que no es igual a ellos.
Pero nosotros y muchos otros los hemos visto hacer verdadera magia -interrumpió un miembro del Consejo
Eso es lo que ella os hace creer, pero si buscamos una prueba no encontraremos ninguna. Su poder reside en sus palabras, con ellas consigue lo que se propone y convence a todos. Pero hay algo que puede condenarnos a todos, la venida de un hombre turbado. Un guerrero.

¿Acaso se trata de un ejército que asalta la ciudad? Eso sería imposible, nadie se atrevería -dijo un consejero

No lo sé, cuando comenzaron a gritar los que en el altar se reunieron mi visión se interrumpió y no pude ver más

Es normal, yo misma me encontraba alterada ante el griterío de aquella muchedumbre -dijo Ona-Icna –pero lo más importante es que esto tiene que acabar pues todos estamos convencidos de que Ada-Roda ha perdido el control de sus actos.

Con esa sentencia se dio por concluida la reunión y todos se retiraron aquella noche a reflexionar, pero sería por poco tiempo.

 

Finalizará en el Capítulo III

 

 

Leyendas del Antiguo Mundo (2)

Hay un camino por el que nadie quiere pasar. Los árboles que lo limita tienen una posición extraña, como si quisieran huir del lugar donde brotaron. En tiempos lejanos fue el paso que llevaba a la colina de los vientos. Allí se alzaba la ciudad más próspera de todas las regiones: Adani-Muli.
La creencia de que la ciudad fue construida por los dioses se había extendido por todos los territorios. Y no era para menos. Contemplar Adani-Muli sobrecogía. Unas enormes piedras que algunos decían que bajaron del cielo, rodeaban a la ciudad. Formando una barrera, una advertencia divina contra todo aquel que osara invadirla. Sin embargo, las puertas de la ciudad estaban siempre abiertas. Para entrar tan solo había que atravesar por debajo de un arco de piedra, ornamentado con flores de mil colores que los ciudadanos recogían de sus campos. Los guardias del Consejo controlaban el paso y solo se les imponía una condición al que deseaba entrar: que lo hiciera por voluntad propia y de buena fe. Cumpliendo esa condición y sin importar su procedencia ni el color de su piel todos los que llegaban eran bienvenidos. El mercader encontraba comprador, los caminantes refugio y los desilusionados, esperanza.
Las edificaciones del interior resplandecían con los rayos del Sol, y por la noche con la luz de la Luna.
Los ciudadanos disponían de extraños artilugios que les ayudaban y reducían el tiempo de sus labores diarias. Controlaban el agua que llegaba a todos los habitáculos de la ciudad mediante extraños canales pudiéndose beber sin peligro alguno.
La armonía de sus ciudadanos era contagiada al forastero. Sus habitantes cada día de su presente estaban construyendo su futuro. Sin distinción alguna todos trabajaban para lograr un propósito que hoy nos resulta utópico: la felicidad.
En Adani-Muli no existían las mismas normas que en las ciudades de los territorios conocidos. Todas las peticiones que la ciudadanía solicitaba, si eran aprobadas, se convertían en leyes que eran dictadas por el Consejo de los Ancianos y con el beneplácito de la Orden.
Ona-Icna era la representante del Consejo y legisladora. Pero antes siempre se convocaba al representante de la Orden, Ada-Roda que, tras la muerte de su padre, era la máxima autoridad. El linaje Roda era conocedor de la magia más arcana. Muchos son los prodigios que se le atribuían y sus acciones desinteresadas, para aquellos que así la necesitaban, le confirieron respeto y veneración por todos en la ciudad y en el exterior.
Ahora Ada, hija única de la familia Roda e instruida desde pequeña por su padre, continuaba con el legado. Enseñando sus artes nigromantes y aconsejando al Consejo.
Y tal vez fuera por esa convergencia entre el poder y la magia por lo que Adani-Muli era una ciudad esplendorosa, ajena a las guerras que en el exterior azotaba a gran parte de los territorios, pues ningún ejército se atrevió a atacar a la ciudad. Un lugar donde se gobierna con magia era temido por los más bravos guerreros. Nunca olvidaron a esos grandes conquistadores que aun logrando éxito en sus batallas sucumbieron ante la magia.
Todos los que visitaron Adani-Muli resaltaban su majestuosidad y la hospitalidad recibida por sus ciudadanos. Pero por encima de todo destacaban a una mujer que resplandecía con luz propia: Ada-Roda.
No se sabe quién ni cuándo, pero se extendió el testimonio de que una persona pidió un deseo a Ada-Roda y éste le fue concedido. Originando una masiva peregrinación procedente de todas las regiones.
La última Sacerdotisa para unos, o Maga para otros de la dinastía Roda, recibió a una muchedumbre que deseaban conocerla y…adorarla.
Ante los ojos de los hombres y mujeres, personas simples, cuyas ambiciones eran afines con su naturaleza y procedentes de lugares en los que la ilusión hace tiempo que se extinguió, Ada-Roda se convirtió en un ser extraordinario.
Entre sus fieles y las personas que no cesaban de visitarla representaban a más de la mitad de la población de Adani-Muli. Sobrepasar la capacidad pondría en riesgo las provisiones y suministros de la ciudad. Cierto era que el comercio había aumentado gracias a las dotes ilusionistas de Ada-Roda, pero controlar el paso y con ello la seguridad era una tarea cada vez más complicada. Sin embargo, al Consejo le turbaba algo que consideraba más peligroso.
Cada vez acudían al Templo Roda más personas que por la necesidad realizaban peticiones para obtener alimentos, favorecerles en la caza, traerles la lluvia y curarles de enfermedades. Algo contrario a los valores y principios que la Magia acuñaba desde tiempos inmemoriales y que la familia Roda había respetado siempre. Ada-Roda había infringido esa norma.
Sin fundamento alguno aparecían más testimonios que afirmaban que las peticiones se cumplían. Ada-Roda era capaz de obrar prodigios que ninguna otra mujer u hombre podría hacer, ese fue el rumor que llegaba hasta los rincones más alejados de la región.
Las visitas al Templo eran multitudinarias y todos los peregrinos llevaban una tela atada a una rama con el rostro de Ada-Roda retratado como muestra de gratitud por sus prodigios. La ciudad se llenó de banderines ondeando al viento el rostro de Ada-Roda.
Ona-Icna convocó al Consejo exponiendo sus temores. Nunca en la historia de Adani-Muli se había presenciado dicha situación. La dinastía Roda jamás se vanaglorió de su estatus y aún menos se atribuyó poderes que no poseían. Ada-Roda rompió el equilibrio establecido desde milenios y todos los allí reunidos sabían el significado de esa acción. El Consejo deliberó y convocó a Ada-Roda.
Cuando Ada-Roda recibió la misiva solicitó que el Templo fuera el lugar elegido para dicha reunión. Esta condición significó una confirmación a los temores del Consejo. El Templo, igual que su máxima representante había cambiado. En sus paredes no había representación alguna de los antepasados de Roda. Y todos los telares llevaban la imagen de Ada-Roda.

Ada-Roda, estamos convencidos de que ya sabes para que te hemos convocado -Le dijo Ona-Icna.

Con la cabeza cabizbaja pero la postura altiva Ada asintió.

Siempre hemos respetado a tu familia y lo que ella ha significado a lo largo del tiempo para Adani-Muli. Tú como única y última representante de los Roda has continuado con la labor iniciada por tu familia. Has guiado desde muy joven al Consejo en la toma de decisiones y siempre de forma acertada. Por ello eres merecedora del respeto y el aprecio de todos nosotros.

Antes de proseguir Ona-Icna la miró fijamente intentando hacer coincidir con la mirada de ella que se le mostraba esquiva.

Te agradeceremos siempre lo que hiciste y lo que continúas haciendo por esta nuestra ciudad. Pero al Consejo le perturba otra cuestión. Nunca tu familia utilizó la magia para algo más que la ilusión y siempre renunció al beneficio propio que de ella pudiera obtener. Siempre la dedicó para el bien común y jamás engañó.

El Consejo guardó silencio esperando la reacción de Ada-Roda antes de proseguir.

Siento que este Consejo, al cual respeto, halla malinterpretado mis acciones. Estoy segura de que habrá sido por mi culpa- Dijo Ada dirigiéndose a cada uno de los consejeros –Al igual que los aquí presente me preocupa todo lo que pueda afectar a esta… nuestra ciudad.

El Consejo no pasó por desapercibido el tono sarcástico empleado por Ada en su última frase, pero decidieron no interrumpirle.

Sin duda me equivoqué. Pero gracias a mis conocimientos Adani-Muli es hoy una ciudad más próspera y reverenciada que en toda su historia. Mis fieles y los seguidores procedentes de todas las regiones representan una mayoría que aclaman a mi persona y no a mi ciudad.

Los consejeros murmuraron entre ellos reprochando lo expuesto.

-Tus palabras y así coincidimos todos en la apreciación resultan amenazadoras ¿Ada-Roda qué es lo que quieres?

De nuevo el silencio se adueñó de la sala donde resonaban las últimas palabras de Ona-Icna.

Mi padre me instruyó desde muy pequeña desvelándome el arte de la magia. A él le debo una parte de lo que soy. Pero los tiempos han cambiado y mi padre ya no está entre nosotros. En el exterior la gente sufre y todo lo que desean cuando llegan a Adani-Muli es mi presencia.

Uno de los carteles colgados en las columnas tembló por una ráfaga de aire que se filtró del exterior del Templo.

Hay que entregarles lo que ellos desean. Como bien dijiste antes Ona-Icna, la magia crea ilusión y eso, en los tiempos en que vivimos, es lo que necesitan.

Pero los prodigios que se te atribuyen rompen esa regla– Dijo Ona-Icna alterada –Pues no hablan de ilusión sino de milagros.

Ada-Roda esta vez miró a los ojos de Ona-Icna.

Creo que ha llegado el momento de erigir un altar en la zona más elevada de Colina de los Vientos con la intención de desviar a los peregrinos y solo aquellos que vengan por otros menesteres entrarán en la ciudad. Con este proceder recuperaríamos la normalidad en Adani-Muli.

Los miembros del Consejo se miraban unos a otros sorprendidos y antes de que interviniesen Ada continuó

Eso es lo que quiero y responde a tu pregunta Ona. Es una propuesta que hago a este Consejo humildemente y por el amor que, a esta, nuestra ciudad, profeso.

El Consejo abandonó el Templo prometiendo a Ada-Roda una pronta respuesta a su propuesta que todos consideraban ególatra. Ciertamente se vería reducida la afluencia de peregrinos por la ciudad, pero lo que les preocupaba de esa petición es la falta de nobleza en ella.
Días después el Consejo deliberó y la petición de Ada-Roda fue aprobada. Continuaban creyendo en ella, por lo que representa para Adani-Muli y a sus ciudadanos. Tal vez los tiempos fueran otros, pensaron, y ella representaba el porvenir.

Continuará en el Capítulo II

 

Leyendas del Antiguo Mundo (1)

 

Casi olvidados y borrados de nuestra memoria, en un continente lejano, cuando las únicas barreras que separaban a los hombres eran las naturales, una leyenda se transmitía a viva voz de aldea en aldea. Extendiéndose por inmensos territorios salvajes y llegando a los más recónditos asentamientos humanos. Eran los ancianos, considerados sabios, en los tiempos en el que el maíz madura, quienes relataban a los más jóvenes la leyenda del hombre que camina. Pausadamente y a la luz de la lumbre, aquellos venerados ancianos contaban que recibió ese nombre porque caminaba sin rumbo por las arduas llanuras. Su aspecto era como el de cualquier otro hombre. Pero había una diferencia, se preguntó quién era. A nadie parecía turbarle esa cuestión. Y por ello decidió abandonar su hogar para encontrar la respuesta.
Cuando le vieron marchar, todos en su aldea le consideraron loco. Y pensaban que los malos espíritus se habían apoderado de él.
Pero a ese hombre ni le abandonó la cordura ni los espíritus le poseían. Solo buscaba respuestas.
Y continúo su vagar con el Sol alumbrándole su camino. De noche, la Luna era su compañera.
Amanecía cuando escuchó por encima de su cabeza el aleteo de pájaros. Revoloteaban a su alrededor y ante su asombro entonaron una cantinela con las mismas preguntas que él se hacía ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? Intentó, en vano, entablar una conversación con ellas. Pero las aves, sin cesar su aleteo, ignoraron su presencia.
El hombre que camina se encontró consternado, pensando que tal vez la soledad en la que se hallaba provocaba delirios en su mente e imaginaba cosas inexistentes. Muchos soles le iluminaron y muchas lunas le acompañaron en su caminar sin recordar cuando descansó por última vez. Así, decidió cobijarse bajo un árbol cercano para descansar. Se sentó en el suelo y reclinó su espalda sobre el tronco del árbol. En seguida el sueño se adueñó de él. Soñó que cada vez andaba con mayor dificultad. Sus piernas le pesaban y con apuro levantaba los pies dejando tras de sí las huellas de sus pasos. Se despertó abrumado, apenas amanecía, y corrió hacia el camino por donde había transitado. Y allí estaban sus huellas expuestas claramente. Esa podría ser una señal, desandar el camino. El sueño se lo reveló, pensó. Y así lo hizo regresó sobre sus pasos. Atravesó un humedal y llegó a un gran lago. A orillas del lago, unas hermosas plantas de hojas moteadas llamaron su atención. Se acercó a ellas atraído por su belleza y cuando se halló a su altura las plantas le corearon:

– ¿Quién soy? ¿De dónde vengo?

Seguidamente comenzó a escuchar voces por todo el humedal. Desde el más grande hasta el ser más diminuto, se cuestionaban el sentido de su existencia. Asustado y dudando de su juicio, deambuló desorientado por el humedal. Repentinamente una espesa niebla cubrió todo el lugar y perdió el sentido. Cuando recobró el conocimiento la niebla se había disipado y el Sol brillaba intensamente. El humedal resplandecía. Percibía de forma nítida el color de todo cuanto le rodeaba, era el mismo lugar, pero parecía distinto. Un aroma dulce que antes no pudo distinguir se esparcía por el aire. Las nubes se deslizaban velozmente sobre el cielo azul radiante y escuchaba claramente las voces de los seres vivos que en ese humedal habitaban. Entonces todo comenzó a girar a su alrededor y su cuerpo se trasladó por el mundo, recorriendo lugares y visitando paisajes nunca visto por ningún hombre. Su ser se estremeció y tuvo miedo. Inmediatamente regresó al humedal. Las plantas se habían marchitado y muchos animales yacían sepultados por la tierra. El tiempo había transcurrido desde su viaje. Apesadumbrado se arrodilló en el suelo sintiéndose culpable de todo lo acaecido en aquel lugar y recogió con sus manos un puñado de la tierra que sepultaba los cuerpos inertes de aquellos, sus semejantes y la arrojó con todas sus fuerzas al aire. En ese momento la tierra tembló, y lo que estaba muerto retornó.
La dicha que le causó tal prodigio provocó su risa, que retumbó por la región contagiando con su alegría todo cuanto allí vivía. Había vencido a la muerte y nada de lo que él creara perecería.
Retomó de nuevo su camino con un destino marcado. Y allí donde encontró solo arena la convirtió en agua. Arrojó barro a las profundidades del mar y germinaron peces. Lo lanzó al aire y el cielo se llenó de pájaros. Lo plantó en la tierra y los campos se colmaron de plantas. El mundo se pobló de especies distintas. Pero quebrantando una regla natural: la muerte. Las distintas especies así se lo recordaron con mensajes que al aire lanzaban:

-Para que los primeros puedan irse y los nuevos venir ha de existir un final.

Enojado quemó hierbas del campo, pescó peces de los estanques y convirtiendo parte de la arena que en sus manos había recogido en piedras se las arrojó a las aves que en el cielo volaban. Así castigó a esos desagradecidos seres que se atrevían a contrariarlo, a él, su creador. Y de nuevo la muerte fue instaurada.
Ignorando las consecuencias de sus actos continúo poblando la Tierra. Pero el poder concedido desapareció… sus facultades le abandonaron. El mundo que ahora se mostraba ante él ya no era el mismo. Y cada paso que daba sus huellas se desvanecían. Comprobó con terror como su propio cuerpo se transparentaba, estaba dejando de existir.
Mientras desaparecía sus preguntas fueron respondidas desde su interior. Él procedía de donde todos los seres que pueblan nuestro planeta. Era tan solo uno más y debía respetar las reglas que la propia naturaleza creó porque sin ellas nada existiría. Cuando su mente fue libre activó la magia que anida en todos los seres humanos. Pero la utilizo para su regocijo, y se volvió en contra de él. Olvidó la búsqueda ¿De dónde vino? ¿Cómo llegó hasta aquí?
Y una noche en la que la Luna resplandecía como nunca el hombre que caminaba desapareció.
Desde entonces muchos afirman haber visto la sombra afligida de un hombre vagar por los valles las noches de Luna llena. Otros dicen que el viento proveniente de los bosques les hace llegar una triste melodía ininteligible.
Tal vez las únicas conocedoras del destino del hombre que camina… fueron sus propias creaciones.

 

Autor: Pedro Segura Melero -llenodestrellas.com-

Ausencias…

 

    De alguna manera los hogares sienten la ausencia de sus moradores. El regreso de estos provoca una alteración sutil en su entorno, recobrando la calidez que antaño poseían. El aroma de tiempos pasados parece emerger de nuevo en el ambiente, llegando a los rincones más distantes de la casa. Agradecida por la visita, le gratifica con los recuerdos que parece almacenar en ella. Son evocaciones nítidas custodiadas en su memoria intangible de lo acontecido entre sus paredes. Nunca harán juicios porque el recuerdo, a veces, es el peor de los castigos. Pero para él, antiguo morador de esta casa que ahora visita, la necesidad es su conciencia. Vuelve al cubil no para recordar sino para culminar su cacería. No puede evitarlo, lo necesita y lo desea.
Y en esta, su antigua morada ocultada del exterior, practica una orgía de sangre y espanto sobre su indefensa presa. Por sus paredes retumban los gritos y el sonido seco de los golpes. El placer que experimenta con el sufrimiento infligido a su víctima es inenarrable. No importa lo que tarde en acabar con su existencia, forma parte del ritual y de su modo de vida. Después del último estertor, lentamente recoge y limpia cada rincón minuciosamente. El silencio…la quietud.
Sale cerrando la puerta tras de sí silenciosamente. Cargado con las bolsas de basura que en su interior lleva los restos de su presa. Y de forma casi litúrgica buscará un lugar donde sepultarlos, alejados de los otros de distintas víctimas. Sin dejar rastro alguno.
Una vez consumado el acto, enciende un cigarrillo exhalando el humo profundamente. Satisfecho, contempla la Luna luminosa y altiva en el cielo.
Ahora volverá a su casa, con su familia. Es un padre y un marido feliz. Y como siempre que esto ocurre justificará su ausencia por el estrés que, por su posición en la empresa, le causa su trabajo. No le hará falta, son situaciones periódicas, y su familia lo entiende y celebran que pueda relajarse. El pequeño cuando lo escuche entrar por la puerta correrá para abalanzarse a sus brazos. Su mujer lo besará con pasión. La mayor, como es natural, está fuera con sus amigos de cena. En este hogar se respira amor, alegría, y vive en ella una familia feliz, ejemplar.
Mientras a kilómetros de distancia, su otro hogar, en silencio y entre penumbras espera pacientemente su regreso.

 

Autor: Pedro Segura Melero – llenodestrellas.com –

Desde allí…

 

Una vez alguien me susurró al oído que existe un lugar imposible de describir. Donde el tiempo no tiene relevancia alguna. Sus moradores no saben cómo han llegado. Caminan en silencio, desorientados, iluminados por una luz taciturna que los acompaña en su vagar de ese mundo improbable.
A pesar de que se miran constantemente no distinguen sus rostros, ni su género, y tampoco hay superficies donde contemplarse. Miran hacia arriba y hacia abajo, para observar que no hay diferencias. No son conscientes de si acaban de llegar o llevan eones en ese mundo en el que no hay noche ni día, porque allí, el tiempo no existe.
Sin embargo, aunque parecen carecer de emociones, se producen ciertas anomalías que se propaga en el ambiente, ocasionándoles perturbaciones en sus anodinas existencias. Son conscientes, si la poseen, de ciertos huecos que se producen en el espacio que ocupan en su deambular ocasionados por la desaparición de algunos de ellos. De alguna manera el dramatismo de esas ausencias los conmociona. Incapaces de comunicarse entre ellos, pues carecen del verbo, gesticulan intentando transmitirse algún tipo de mensaje sin fortuna alguna en su tentativa.
Pero no es lo único que sucede en aquel hábitat que los altera.
Destellos de luces y colores se esparcen en ocasiones proyectando figuras. Formas de seres semejantes a ellos. De entes erráticos que parecen buscar algo. Cuando entran en su campo de visión, pueden observar que ellos si tienen rostro. Y al intentar comunicarse, la mayoría desaparecen horrorizados. Solo algunos mantienen la calma e intentan contactar. Pero es una tarea ardua y pesada, rompiendo las reglas establecidas en ese mundo ceniciento, carente de sonidos y de tiempo. Porque ese mundo es la morada de los muertos, y los vivos…son sus fantasmas.

No recuerdo quién o qué me lo contó. Fue hace tiempo, mucho tiempo. Seguramente fue un sueño, o una especie de alucinación, pero algo en mi interior me decía que fue real y me obsesioné con ello. Pregunté sutilmente a mis familiares y amigos más cercanos si alguna vez estuve sumido en un periodo de ausencia, o padecí alguna enfermedad. Aunque la mayoría se mostraban extrañados por la pregunta, todos respondieron indicándome que no.
Ese solo fue el primer paso de mis pesquisas, y una vez descartada la enfermedad, decidí buscar información relacionada con el tema en otros ámbitos.
Como creyente que una vez fui, intenté hallar una explicación mística. Decidí indagar practicando el recogimiento espiritual conforme a las normas religiosas. Meses de claustro no revelaron nada que explicara mi experiencia. Todo lo que encontré resultó ambiguo e infructuoso.

Recurrí al esoterismo. El abanico de posibilidades que se abrió para dar respuesta a mi experiencia fue abrumador, pero ninguna lo explicaba. Causándome la misma decepción que la vía religiosa.
Utilicé mi última carta, la medicina. En ese campo, no había duda alguna, mi experiencia era solo una cuestión fisiológica. Miguel, mi médico de cabecera, me explicó que los sueños siempre habían generado debates a lo largo de la historia. Decía que egipcios, asirios, griegos, tenían su teoría sobre ellos. Además, de los sueños siempre volvemos, me dijo guiñándome un ojo.
Admito que logró tranquilizarme durante un tiempo. Pero fue efímero. Algo en mi interior seguía repitiéndome que se equivocaban.
Y los años transcurrieron sin que pasara un solo día en el que no recodara lo que aquella voz me susurró al oído. Sin poder evitar el estremecimiento que me causaba los seres en pena que habitaban en aquel triste y marchito lugar.
Igualmente, me perturbaba la semejanza que se establecía con ciertas zonas de nuestro mundo y la morada de la muerte. Lugares donde la vida no tiene ningún valor y es arrebatada a las personas. Donde se muere solo por ser pobres. En aquellas tierras donde la guerra determina el futuro de una parte de la población. Allí donde se muere por enfermedades injustas de sufrir. Era aterrador establecer ese paralelismo.
Hoy estoy cansado y viejo. Sintiendo cada día más el peso del silencio que produce la soledad. A esa soledad con la que se condena a los viejos y a los muertos.
Salgo a la calle para evitar perder la cordura, pero me cuesta distinguir los sonidos de la vida que circula por ella. Todo me llega como un murmullo. La vista se turbia y todo se difumina. Regreso a casa todo lo rápido que mi desgastado cuerpo permite. Una vez dentro de mi piso me encuentro a salvo. Poco a poco me voy tranquilizando sentado en mi sillón, observando un cuadro que tengo en frente colgado en la pared. Un paisaje de campos de girasoles esta enmarcado en él. Me serena mirarlo a pesar de que el tiempo ha deteriorado los colores de esa pintura desdibujando el paisaje plasmado en él.
Y siempre después de estos episodios, cada vez más frecuentes, pienso que tendría que pedir cita al médico, o acudir a urgencias. Pero mis fuerzas flaquean, cada día me siento más débil. Si alguien pudiera ayudarme, algún vecino, pero en este maldito edificio parece que nadie viviera en él. Nunca me cruzo con nadie en las escaleras, en el ascensor…o tal vez sí y no lo recuerdo, mi memoria cada día es más porosa. Quizás esté dramatizando, pero me encuentro tan impotente. Nadie me visita, ni siquiera mi familia. Nunca suena el teléfono. No se les puede culpar, la edad nos convierte en un lastre para los jóvenes, siempre ha sido así.

Esta vez, será distinta. Si mañana me encuentro animado iré al ambulatorio. Pero todo parece contrariarme. Llevamos semanas en las que los días amanecen grises, como si fuera a llover de un momento a otro. No hace frío ni calor, pero todo está tan gris… tan silencioso.

 

A veces, temiendo a la muerte, la vida se nos va sin vivirla.

Autor: Pedro Segura -llenodestrellas.com-

In Profundis…

 

Con este microrrelato pretendo rendir homenaje al legado de dos autores que marcaron una parte importante de mi juventud. Agradecerles también aquellas noches inquietas al descubrir en sus novelas y relatos el terror más inconcebible, y descubrir la expresión escrita del amor más hermosa en sus rimas. He tenido la osadía de intentar dicho homenaje utilizando el estilo de su prosa. Sé que me perdonareis dicho acto porque no soy escritor, solo soy una persona más que escribe y desea transmitiros una emoción personal.

 

Edición gráfica: Luis y Pedro Segura

 

La cálida brisa de una primavera marchita mecía el cabello oscuro y rizado de aquel hombre de tez pálida que observaba a través de la ventana el vuelo de las golondrinas. El gorjeo encadenado que estas aves cantarinas emitían le evocó recuerdos de un amor lejano. De una dicha de las que fueron testigos pero que nunca volverá. Recordó que en tiempos pasados plasmó este mismo pensamiento en un poema, y que, sin ser consciente, enalteció a dichas aves encadenándolas para toda la eternidad a una emoción transformadora: el amor. Se estremeció suspirando por ella. Un hombre que a pesar de sobrevivir en un monte plagado de ánimas continuaba temiendo más al amor no correspondido que a los espectros.
El largo y angustiado maullido de un félido negro como el azabache le apartó de su absorción. Con la mirada siguió el majestuoso caminar de ese intruso animal que, con la gracia de la que están dotados los felinos, subió a una mesa que se hallaba casi oculta en el ángulo más oscuro del salón, donde reposaba un Arpa que el tiempo y el olvido había cubierto de polvo. Sobre la mesa, un hombre que portaba una extraña vestimenta escribía frenéticamente a la luz de una vela posada a su diestra. Era delgado y de porte enfermizo. Visiblemente alterado, levantaba su cabeza y miraba a su alrededor. Se mostraba temeroso. Como si huyera de alguien o de…algo. Repentinamente la llama de la vela osciló revelando el rostro angustiado del singular personaje. Proyectando tras él, una sombra danzarina en la pared con la forma de una siniestra ave, la de un cuervo. 

Levantó la mirada, parecía perturbado en la contemplación de algo que solo él podía ver. Su mano derecha se posó en el lado izquierdo de su pecho tratando de aplacar el latido constante de su corazón delator. Una palpitación provocada por la contemplación de una presencia que se manifestó en medio del salón. Allí estaba de nuevo ella, Eleonor, su amor perdido. Con los brazos extendidos hacia él pidiéndole auxilio. En medio de la nada, desamparada y sola.
También él estaba marcado por las cicatrices del amor y de lo oculto. Testigo de los últimos días de su amigo Rodrigo Usher y el derrumbe de su dinastía. Y lo que sus ojos contemplaron fue lo imposible. Pero al igual que su homónimo temía más al desamor que a lo desconocido.
La melodía desafinada de un órgano se extendió por todo el salón. La danza macabra de unas sombras amenazantes giraba alrededor de aquellos dos personajes de un tiempo distante, pero unidos por una sola alma.
Los quejidos delirantes provenientes de la profunda oscuridad que envolvía todo el lugar formaron una siniestra banda sonora.
Visiones aterradoras se revelaron. Ánimas, fantasmas, que solo anidaban en la dimensión que sus mentes crearon se mostraron por todo el recinto.
Cuartillas de papel con versos, poemas y relatos que sus plumas plasmaron con verbo exquisito flotaban en el aire.
Ellos parecían ajenos a todo cuanto sucedía a su alrededor, mientras un espectáculo de luces y sombras llenaba el recinto, esparciéndose y fundiéndose con el entorno. En ese instante comprendieron que nuevamente habían sido convocados por el recuerdo de aquellos que no están en su plano. Por las emociones provocadas al recitar uno de sus poemas o leer uno de sus relatos. Regresando para continuar con la labor que en vida emprendieron, tratando de acabar su obra infinita.
Y en aquel lugar donde todo es posible, donde todo es ajeno e indiferente y el ayer, el hoy o el mañana, es solo un adverbio de tiempo, se produjo una cita con lo improbable y una certeza innegable. Sin nuestros recuerdos…

¡Que solos se quedan los muertos!

 

 

 

Autor: Pedro Segura – llenodestrellas.com –