LOS CASOS OLVIDADOS (III)

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Irremediablemente la pérdida de un ser querido provoca siempre una convulsión no importando si era anunciada o sobreviene de golpe, pero una vez que se produce es inevitable sentirla.
Sin embargo hay un drama quizás más doloroso que la pérdida, y es que desaparezca un día sin más. Que dejes de tener noticias de él como si la tierra se lo hubiera tragado. Como si nunca hubiera existido. Sin tener la certeza de que esté vivo o muerto.
Hubo un caso con ese componente dramático que origina la desaparición de una persona a sus familiares pero que debido al tratamiento paranormal del mismo cambió la tragedia por el misterio.

Un caso que marcó en su tiempo el latido de lo inexplicable…

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Santiago de Compostela, 5 de mayo de 1988.

En aquella lejana noche de mayo un joven perdió su vida al ser arrollado por el expreso de Rías Altas cuando deambulaba por las vías del tren en las inmediaciones de Fontiñas.
El cuerpo del desdichado quedó seccionado y su rostro totalmente desfigurado. Una vez que se produce el levantamiento del cadáver y ante la inexistencia de documentación identificativa entre sus pertenencias, la policía difunde la noticia e imágenes con la intención de que alguien pueda reconocer al joven. El resultado es infructuoso.
Tampoco ninguna de las denuncias por desaparición registradas en la zona coincide con la víctima.
Deciden enviar las huellas dactilares por todo el territorio e incluso a la Central de la Policía Científica de Madrid sin lograr identificar a la víctima ya que por asombroso que parezca no estaba afiliado en ningún documento nacional.
El tiempo transcurre y nadie reclama ni identifica al cadáver. Por lo que el cuerpo, siguiendo el protocolo para estos casos, es enterrado en el cementerio de Boisaca en una tumba sin nombre de la beneficencia; en la parcela 7.621.

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Ocho años más tarde unos jóvenes periodistas, hoy por todos conocidos, Iker Jiménez y Lorenzo Fernández atraídos por el insólito caso deciden investigarlo.
Alguien les facilita información clasificada como confidencial que revela algunos detalles que podría indicar la presencia de lo paranormal en este lamentable accidente.
En ese dossier policial, se recoge el testimonio del maquinista, José Aira Martínez, describiendo como al tomar la curva cercana al Puente de Paredes, a unos seis kilómetros de Santiago de Compostela, una figura surge de la nada.
Inmediatamente hace sonar las señales acústicas del tren para evitar “lo inevitable”, pero aquella persona continúa caminando por el interior de la vía de espaldas a su infortunado destino.
Solo en el último instante reacciona girándose para contemplar lo que se le viene encima. Una imagen que el maquinista nunca olvidaría.

Cuando el tren se detuvo, se dirigió a la cola del vagón. Al llegar el horror se le revela con toda su crudeza; el cuerpo del joven se encuentra seccionado en dos partes y su cabeza separada del cuerpo pero manteniendo una terrible mueca de dolor y miedo en su rostro desfigurado.
Una vez que la policía realiza las inspecciones correspondientes pueden aportar los siguientes datos: varón de raza blanca, aproximadamente 1,65m de altura, y de unos 20 años de edad, vestía ropa varias tallas mayores, al igual que su calzado, llevaba un 43 cuando le correspondería un 39. En sus bolsillos llevaba 16.010 Ptas. (96,22€) pero ningún documento que le pudiera identificar.
Su aspecto era cuidado. Pelo negro corto, ojos castaños, y un detalle que generó muchas conjeturas en la Policía Científica, sus dientes afilados y las orejas sin relieves.
Y son en estos detalles físicos, que los periodistas del misterio hacen hincapié, decidiendo consultar a prestigiosos psiquiatras y doctores gallegos por ellos.
Todos parecen mostrarse de acuerdo en que la ausencia de marcas en los pabellones auditivos, así como los rasgos faciales, parecían indicar algún tipo de trastorno psíquico profundo que, presuntamente, el joven sufría.
Esta también era una teoría que la Policía Científica no descartaba, pero que fue apartando a medida que las investigaciones en esa línea no daban resultado alguno.
Todas las investigaciones parecían encontrarse en un callejón sin salida. Era casi imposible que nadie hubiera visto a ese desconocido caminante nocturno dirigirse hacia las vías del tren.
Tuvo que atravesar una urbanización, cruzar la carretera nacional hacia Lugo, y aún así, nadie lo vio. Una situación desconcertante.
También hay otro dato que hace saltar las alarmas, y es que en la investigación policial, se habían tomado unas imágenes de unos extraños círculos concéntricos de piedras, que parecían formar un extraño símbolo, muy cercanos al lugar donde se produjo el siniestro.
¿Se trataba de una especie de señal, de un ritual, de un sacrificio? ¿Un mensaje?
Estos, según los investigadores, guardaban similitud con un suicidio acontecido en Terrassa en el año 1972. En el que dos personas decidieron poner fin a sus vidas, como si de un ritual se tratara, en las vías del tren, colocándose una hoja de papel para indicar que lo hacían porque los extraterrestres los llamaban.
¿Podría ser esta la razón por la que el desconocido caminante de Boisaca transitaba por la vía del tren?

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Ante la ausencia de cualquier explicación lógica todas las hipótesis, algunas de ellas extremadamente fantástica, tenían cabida. Una de estas fue la posibilidad de que aquel joven saltara en el espacio y el tiempo para encontrarse en una situación inesperada que le condujo a la muerte
¿Un viajero en el tiempo? Algo que, desde luego, no tenía base alguna. Parecía tratarse de un caso más sin resolver. Se consultó a acreditados criminólogos y todos expresaban perplejidad ante el caso, considerándolo como extraño y único.
Pero lejos de ir avanzando en la investigación sucede algo inesperado. Al acudir al cementerio donde debía encontrarse los restos del joven, la sepultura 7.621 no estaba.
Contactaron con el sepulturero municipal y solicitaron que les ayudara en la búsqueda, descubriendo que los restos fueron trasladados a una pequeña parcela de terreno, sin lápida, ni identificación alguna. Al parecer, tal y como marca la normativa, el plazo asignado a la tumba que ocupaba desde 1988 había prescrito, y sus restos fueron trasladados a una fosa común.
Por otra parte, las huellas enviadas por la Policía Científica a la central de la Policía en Madrid, al no encontrarse afiliado en ningún documento nacional, tampoco se encontraba en el archivo oficial de desaparecidos.
A medida que se indagaba en el caso, se encontraban con más dificultades, ya que la ausencia de datos sobre su identidad y testigos dificultaba las investigaciones.
No existía ningún hilo de donde estirar. Desesperante.

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Veinte años después, el 21 de octubre de 2008, La Voz de Galicia, sorprende a la opinión pública anunciando la identificación del cadáver de Boisaca. Gracias al análisis de ADN que la Policía Científica realizó, se pudo identificar al fallecido como Óscar Ortega Vasalo.

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Este joven de 22 años, salió de su casa de Castelldefels (Barcelona) para tomarse unos días de vacaciones. Pero nunca regresó.
Al parecer Oscar Ortega después de finalizar el servicio militar en Pontevedra y ante la falta de empleo, decidió trasladarse a Barcelona para buscar un trabajo, matriculándose en una academia para prepararse a unas oposiciones a la Seguridad Social.
Antes de ausentarse de su domicilio, le comunicó a su madre la decisión de tomarse unos días de vacaciones, y aquí se le pierde el rastro…
Ante esta circunstancia, la familia denunció la desaparición de Oscar en Barcelona, Vigo, Ourense, Irún y Majadahonda, con el deseo de encontrar alguna pista del joven, pero sin lograr éxito alguno.
Y como suele ocurrir en muchas circunstancias de la vida, la respuesta la tenía muy cerca, pero estuvo ocultada durante dos décadas en una tumba sin nombre.

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Posteriormente, la familia negó cualquier minusvalía tanto física como psíquica, pero desconocían las razones por las que Oscar se encontraba aquella noche en medio de las vías del tren y a tanta distancia de su hogar.
Este caso, probablemente, es uno de esos que un gran número de personas solo conozcan por el titular o por las teorías expuestas en torno al mismo. Y desconozcan que se halló una respuesta al misterio creado.
No obstante, siguen en el aire algunas preguntas que no fueron respondidas. Sin poner en duda en ningún momento la identificación del joven, y por supuesto el testimonio de su familia, la sensación que uno tiene es la de que algunos interrogantes aún permanecen abiertos.
¿Qué hacia ese joven a tantos kilómetros de su hogar provisional? Y tal como indicaba el informe oficial ¿Por qué llevaba una indumentaria y calzado varias tallas mayor?

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El caso de Boisaca ocupó durante casi dos décadas un lugar privilegiado entre los misterios sin resolver de nuestro país. Del que se hizo eco un joven Iker Jiménez y que realizo una tarea brillante en su investigación pero que desde luego no acertó con sus teorías aunque si ayudaron a que el caso permaneciera abierto y que actualmente sea un misterio desvelado y un descanso para sus familiares.
En España se denuncian cada año 15.000 desapariciones. Y existen unos 3.000 cadáveres sin identificar. Personas que tuvieron familia y tal vez estas los busquen en otras ubicaciones y que acabaran, según el caso, en el frigorífico de un tanatorio o enterrados en una fosa común.
El incidente del camping Els Alfacs (Tarragona) en 1978, causó 215 muertos. Actualmente media docena de esos cuerpos permanecen en la fosa común del cementerio de Tortosa porque no han sido reclamados por nadie.
Unos datos que no suelen ser divulgados salvo en contadas ocasiones y por determinados motivos, pero que nos demuestra, una vez más, que la cruda realidad es en ocasiones más escalofriante y sobrecogedora que la ficción.

INTERNADO

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La propia terminación, hablando en términos sanitarios, produce una conmoción inevitable. Una de las razones es que siempre ha sido sinónimo de gravedad. Salvo excepciones, el internado es una persona que se encuentra obligado a residir en un centro porque necesita ayuda clínica.

Pero la diferencia estriba en que no es lo mismo internar en un sanatorio que en un psiquiátrico, sobre todo en épocas anteriores, cuando las enfermedades mentales eran atribuidas a causas irracionales o diabólicas y su tratamiento, generalmente, contemplaba el encadenamiento y la agresión física, recibiendo estos enfermos un trato vejatorio. La psiquiatría fue la última especialidad médica en ser aceptada como tal.

En el siglo XIII, la situación de estos enfermos y el desconocimiento profundo sobre las enfermedades mentales en ese contexto fue el principal desencadenante de espantosos sucesos en los que el componente sobrenatural es secundario, puesto que la realidad adquiere protagonismo absoluto resultando más espantoso que cualquiera de los fenómenos que se producen en esas instituciones.

Lo que vamos a exponer a continuación, es una historia totalmente verídica y está respaldada documentalmente, si bien es cierto que determinados detalles pueden ser imprecisos, esto es debido a que parte de la información oficial y de la investigada ha sido censurada e incluso tergiversada.

Pero eso no ha sido un obstáculo para transmitiros la historia de un lugar que parecía estar maldito, en el que el sufrimiento y la desesperación formaban parte de la cotidianidad, un lugar creado para sanar pero que se convirtió en el propio infierno.

Esta es la historia de:

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En el siglo XIII, cualquier persona que estuviera presentando estados alterados en la conducta, sufriendo una depresión, ansiedad o ataques epilépticos, se les consideraban locos o endemoniados y estos eran alojados juntos con los que sí que estaban dementes.

La mayoría de los que sufrían enajenación mental, vagaban por las calles y en numerosas ocasiones provocaba desórdenes públicos. Una de las localidades más afectada por esta problemática fue Bishopsgate (Londres).

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En 1247 Simon FitzMary fundó el Hospital Real de Bethlem con el objetivo de recaudar dinero para ayudar a la Iglesia de los cruzados pero los monjes convinieron, ante la alarma social por la situación anteriormente descrita, convertir dicho hospital en un asilo psiquiátrico.

De esta forma se fueron alojando sin distinción alguna, a todas aquellas personas consideradas locas. Sin el conocimiento necesario y solo guiado por las creencias de la época. Los propios monjes impartían el mismo tratamiento a todos estos internos. La mayoría de estos, eran encadenados a las paredes, enjaulados o esposados. Sometidos a castigos diarios y, a pesar de su estado, se les obligaba a estudiar las Escrituras. La dieta suministrada era una mezcla compuesta de vegetales y cereales. Y ésta, era la pauta utilizada en aquella época para el tratamiento de la enfermedad mental.

En 1370, el rey Eduardo III sustituyó a los monjes por otros “cuidadores” a los que se les conocían como “Los guardianes“. Estas personas carecían de experiencia alguna en el trabajo hospitalario y, obviamente, ninguna en el tratamiento de enfermos mentales. La situación del hospital al igual que la de sus internos se agravaba con el transcurso de los años. La situación empeoró cuando se descubrió que el tesorero del hospital Pedro Taverner malversaba los fondos.

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Esta circunstancia, llevó a la institución psiquiátrica a una situación dantesca y de abandono, los chillidos de los internos, la fetidez por la falta de higiene, se extendió por la zona. Y comenzó a ser conocido por el nombre del Hospital de “Bedlam“, que en ingles significa: “Hospital de los gritos“.

En 1546, la ciudad de Londres asumió la dirección del hospital, designando a sus propios guardianes, lamentablemente, nada cambió. La degeneración del centro en los años venideros alcanzó proporciones dramáticas.

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En 1598, tras una inspección, el hospital fue catalogado “no apto para ser habitados por seres humanos“. Algunos de esos pacientes habían estado internados por más de 20 años, y otros, durante casi una década. Cuando todo esto se reveló al Rey James I, alarmado por la situación, designó como administrador del hospital a Helkiah Crooke.

Pero una vez más la desgracia parecía cebarse con la institución. Al parecer la mayoría de los pacientes estaban en riesgo de morir por hambre.

Carlos I el nuevo rey, ordenó una inspección. Crooke, como otros ya hicieran anteriormente, malversó los fondos, robaba a los pacientes y se apropiaba de las donaciones de caridad. Obligaba a los internos a pagar por la comida. Algo que era casi imposible para ellos ya que al entrar en el hospital eran despojados de todos sus bienes y pocos podían recibir dinero del exterior, condenándoles a morir lentamente de hambre. Crooke fue despedido sin más.

Una nota curiosa es que hizo honor a su nombre, puesto que Crooke significa “fraudulento” en ingles.

De nuevo se cambio el sistema. El rey mandó incluir un médico, un cirujano y un boticario. Y Bedlam se convirtió en el único hospital para enfermos mentales del país. Pero el deterioro era inevitable, la masificación y el estado ruinoso en el que se encontraba el edificio obligó a trasladar el hospital a un nuevo y moderno edificio en Moorfields (Londres).

El nuevo hospital Bedlam era muy grande y costoso, pero nada de esto beneficiaría a los internos. Paul Vicent un psiquiatra holandés encargado del centro, decidió clasificar como lunáticos, según su comportamiento, a determinados pacientes. Afirmando que algunos de estos enfermos habían perdido su condición humana.

Posteriormente los catalogó como curables e incurables, confinándoles según éste criterio, en salas acordes a la misma. A raíz de ello, pronto el hospital comenzó a ser conocido con el sobrenombre de: “El palacio de los lunáticos“.

Una macabra moda se extendió motivada por el método implantado por Vicent en el hospital Bedlam. Por apenas un penique, los caballeros y damas ingleses podrían pasar una tarde de “diversión” visitando las celdas de estos enfermos. Como si de un zoológico humano se tratase, los visitantes les daban de comer, se burlaban de ellos e incluso algunos les daban alcohol para estimularles.

Pronto se convirtió en una de las grandes diversiones dominicales de los londinenses. Tras el éxito obtenido, la entrada era libre el primer martes de cada mes, una especie de “día del espectador”. Se registraron más de 96.000 visitas para contemplar el triste espectáculo bautizado como “El show de Bethlem“.

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Con la llegada de un nuevo director, John Haslam, se puso en práctica un nuevo tratamiento. Un terrible e inhumano enfoque terapéutico en el que los pacientes eran golpeados violentamente, recibían baños de agua fría y eran obligados a sentarse en columpios como parte de una terapia de rotación, con la finalidad de someterlos a una dominación del comportamiento.

Por otra parte, Bryan Crowther, cirujano jefe contratado por Haslam, experimentaba en el depósito de cadáveres diseccionando los cerebros de pacientes difuntos. Una práctica ilegal en aquella época.

Un escenario que si cerramos los ojos para visualizar la situación, lo abriríamos rápidamente espantados por la angustia que produce ponerse en la piel de estos desdichados internos.

Sin embargo todo cambiaría a raíz de una filtración producida desde el interior del hospital. Supuestamente un periodista se introdujo en el hospital, suplantando otra identidad. Elaborando una información exhaustiva de la situación de los internos y esbozando las condiciones deplorables en la que se encontraba el edificio. De todo esto se hizo eco la prensa originando una inspección, una vez más, del centro.

El maldito hospital de Bedlam se trasladaría nuevamente en 1815 a los campos de St George, siendo objeto de inspecciones regulares por el gobierno originando un cambio en el tratamiento dispensado a los pacientes y eliminando los castigos.

Comenzaron a sustituirse los guardianes por enfermeras. Las estancias se adecuaron y los pacientes eran tratados con fármacos.

En 1930 se trasladó por última vez a Monks Orchad House (Beckenham).

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Hoy es líder mundial en la investigación de la salud mental este psiquiátrico que en su pasado fue considerado unos de los peores del mundo.

Todos los archivos documentales sobre la historia de la institución y de sus pacientes se encuentran expuestos en un museo erigido para ello en 1970.

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En esta breve exposición tenemos el ejemplo de cómo la ignorancia marcó trágicamente unos hechos que forman parte de nuestra historia indiferentemente de su ubicación, ya que son perfectamente extrapolables a cualquier colectivo y deben servirnos para entender nuestro presente.

En la actualidad y a pesar de poseer conocimientos avanzados sobre dicha patología, la palabra “locura” continúa manteniendo un aura tabú en nuestra sociedad. Una prueba de ello es que se utiliza el eufemismo demencia para evitar esa palabra que se considera casi maldita y avergüenza a muchas familias.

Sin embargo resulta paradójico que dicha enfermedad sea utilizada como atenuante de determinadas conductas. Justificando incluso unas acciones que son relacionadas pero no son originadas por ella.

Pero esto… será el tema de un próximo artículo.