El Experimento Milgram

Maldad 3

Siempre se atribuye la maldad a personas que, por regla general, sufren algún tipo de disfunción  mental o una patología que les causa dicha alteración. Sin embargo, en sucesos históricos, o espectáculos considerados como típicos en ciertas regiones del planeta, se consideran normal la práctica de la maldad. Me explico, en lo referente a la historia de la humanidad, las agresiones sobre determinados grupos étnicos, contrarios a nuestras ideologías, no son considerados por los historiadores como genocidios, se considera simplemente conquistas, actos heroicos. Las cruzadas, por ejemplo, no son recriminadas, son contempladas como episodios históricos, sin cuestionárseles más. En ciertas fiestas regionales, el sufrimiento de los animales, son considerados parte de las diversiones populares y aceptadas por la mayoría.

Para no extenderme más en esta introducción, lo que quiero plantear es la duda sobre si la maldad pudiera obedecer, en determinas ocasiones, más a causas culturales que patológicas.

En el anterior artículo, escribía sobre la manipulación ejercida sobre los individuos y como actuaban sin tener en cuenta las consecuencias de estos. En éste, presentaré un experimento que, según su autor y sin apartarse mucho del tema de la manipulación, demostrará que la maldad mora en cada uno de nosotros y solo es necesario el resorte apropiado para activarla.

El experimento Milgran

Adolf Eichmann durante el juicio al que fue sometido en Jerusalén, en 1960, y en el cual fue sentenciado a muerte, por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi en Alemania, declaró que, al parecer, estaba sorprendido ante el odio que suscitaron sus actos. Manifestó que él sólo obedecía órdenes, y por dicha razón, estaba obligado a cumplirlas sin ningún tipo de titubeos. Eichmann, era el encargado de la logística, planeando la recogida, el transporte y exterminio de los judíos. Argumentó incluso que, personalmente, no tenía nada en contra de los judíos. Actuó conforme a los principios y valores que el régimen nazi promulgaba, sin cuestionarse las consecuencias de estos, estaba totalmente convencido y lealmente, cumplió con los mismos. Los análisis psiquiátricos, a los que fue sometido, posteriormente, coincidían en lo mismo: Eichmann era una persona sana mentalmente.

Adolf Eichmann durante el juicio (1960). Adolf Eichmann (1942).

Adolf Eichmann durante el juicio (1960). Adolf Eichmann (1942).

 

Stanley Milgran  (1933/1984) wikipedia.

Stanley Milgran (1933/1984) wikipedia.

En 1961, Stanley Milgram (Nueva York, 15 de agosto de 1933 / Nueva York, 20 de diciembre de 1984) psicólogo, motivado por las declaraciones de Adolf Eichmann  e inspirado por los experimentos de Solomon Asch, sobre la conformidad de las personas, decidió llevar a cabo su propio experimento, en el cual, trataría de demostrar si la obediencia, pudiera actuar como mecanismo detonante, para mostrar la crueldad que cualquier persona, pudiera ejercer sobre otra, influenciado por ésta.

Milgram, puso un anuncio, donde solicitaba voluntarios para realizar un estudio sobre la memoria y el aprendizaje. A estos voluntarios, se les retribuiría con cuatro dólares, un equivalente a veintiocho dólares actuales, más dietas. Ocultando a los participantes, el objetivo real de la investigación: Las consecuencias que la obediencia a la autoridad pudiera provocar en los individuos.

Al experimento acudieron personas con edades comprendidas entre los 20 y 50 años y de diferentes clases culturales. Para la realización del experimento, se precisaba tres personas. Una, era el propio experimentador. La segunda, actuaría como “maestro” y la tercera como alumno. Para designar al maestro y alumno, se seguiría el proceso de elegir una papeleta al azar, por cada uno de ellos, de una caja donde se encontraban introducidas. En estas papeletas, se encontraba escrito alumno o maestro. Pero todo estaba totalmente manipulado, ya que en las dos papeletas ponía maestro, y un cómplice que se hacía pasar por participante indicaba siempre que le había tocado ser alumno. Una vez designados “maestro” y “alumno”, el investigador explicaba a los presentes que para estimular la memoria y el aprendizaje era necesario infligir al alumno algún tipo de “persuasión”. Para ello, el participante elegido como maestro, dispondría de una máquina de voltajes para aplicar una descarga de menor a mayor intensidad, cada vez que el “alumno” fallase en la respuesta a la pregunta que se le formulase. También le advertía de que, las descargas conforme fueran incrementándose la intensidad, podrían llegar a causar en el alumno dolores extremos.

Posteriormente se pasaría a la segunda fase, donde maestro y alumno quedarían separados por un módulo de vidrio.

Gráfico del experimento.

Gráfico del experimento.

El fingido alumno, se sentaba en una especie de silla eléctrica y se le sujetaba con correas para impedir que se levantara antes de finalizar el experimento. Se le colocaban unos electrodos en su cuerpo, aplicándole crema para “evitar quemaduras”.

Milgram 2

 

El maestro era testigo de todo este procedimiento y seguidamente se sentaría en el otro módulo disponiendo de la máquina de voltajes para cumplir con su obligación.

Milgram 1

Se les informaba a los participantes que el experimento sería grabado, evitando con ello, la negación posterior de la responsabilidad que los actos de cada uno pudieran conllevar.

A continuación daba comienzo el ensayo. El maestro recibía una hoja donde aparecía escrita una lista de palabras pares. Éste, leía dicha lista con el objetivo de que el alumno memorizara las mismas. Cuando finalizaba la lectura completa, procedía a leer únicamente la primera mitad de los pares de palabras, dando al alumno cuatro posibles respuestas para cada una de ellas. Si la respuesta fuera errónea, recibiría del maestro una primera descarga de 15 voltios. En la segunda respuesta incorrecta la descarga sería más alta, así, hasta poder llegar a los 450 voltios.

El cómplice designado como alumno, daba respuestas erróneas intencionadamente, para provocar que su maestro fuera intensificando las descargas. Por supuesto, todo era fingido, las descargas no se producían, pero él actuaba como si las sufriera. Cuando el ensayo alcanzaba el punto más álgido, es decir, la aplicación de mayor voltaje sobre el “alumno”, por regla general, la mayoría de los “maestros”, comenzaban a mostrarse dubitativos.

Para contrarrestar dicha situación, el investigador le indicaba imperativamente: Continúe, por favor. Si seguían titubeando, de nuevo se les ordenaba en el mismo tono: El experimento requiere que usted continúe. Ante nuevas dudas se les  mandaba: Es absolutamente esencial que usted persista. Hasta llegar a la orden definitiva: Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.

A pesar de que el cómplice, conforme se le aplicaba mayor voltaje por sus errores, hacía creer al maestro que estaba recibiendo un daño insoportable, el 65% de los participantes aplicaron la descarga máxima, 450 voltios, aun sintiéndose inseguros. El resto de los participantes se negaron a continuar al alcanzar los 300 voltios.

Un dato importante es que ninguno de los participantes que se opusieron a administrar las descargas eléctricas máximas solicitó que finalizara el experimento, ni acudieron al otro módulo para revisar el estado de salud del “alumno”, sin antes pedir autorización para ello.

A raíz de su experimentación, el profesor Milgram elaboró dos teorías que explicaban sus resultados:

A la primera la denominó teoría del conformismo, siguiendo la estela de su inspirador Solomon Asch. Dicha teoría, estaba basada entre la relación del grupo de referencia y la persona individual, exponía que un sujeto que no tiene la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones, particularmente en una crisis, transferirá la toma de decisiones al grupo y su jerarquía. El grupo es el modelo de comportamiento de la persona. (wikipedia)

Solomon Asch

Solomon Asch

 

 

 

 

 

 

 

La segunda es la teoría de la cosificación, donde, según Milgram, la naturaleza de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y por lo tanto no se considera a sí mismo responsable de sus actos. Una vez que esta transformación de la percepción personal ha ocurrido en el individuo, todas las características esenciales de la obediencia ocurren.  Este es el fundamento del respeto militar a la autoridad: los soldados seguirán, obedecerán y ejecutarán órdenes e instrucciones dictadas por los superiores, con el entendimiento de que la responsabilidad de sus actos recae en el mando de sus superiores jerárquicos. (wikipedia)

Sin embargo, el experimento fue más cuestionado por la ética de la experimentación científica que por sus resultados. Una vez más, como sigue sucediendo en la actualidad, la hipocresía institucionalizada, desviaba el verdadero mensaje obtenido por el experimento.

La pretensión de  Milgran con su experimento, era demostrar que cuando los individuos son sometidos por una autoridad, ésta, los manipula, cambiándoles por completo sus valores y principios e induciéndolos a cometer actos perversos.  Convirtiéndoles en personas sumisas hasta el extremo más insospechado.

Conclusión…

De lo que no hay duda, es que conceptos como obediencia y manipulación, suelen ir unidos. Un ejemplo, lo encontramos en los hombres y mujeres que integran los cuerpos de seguridad del estado o en el ejercito. Dichos hombres y mujeres integrantes del mismo, acatan sin cuestionarse, en determinadas ocasiones, la legitimidad de sus actos. Y digo esto por la sencilla razón de que actualmente se han aprobado leyes que derogan derechos ciudadanos que antes de esas nuevas leyes estaban permitidos. Actualmente, estos derechos son reprimidos por fuerzas policiales. Ninguno de esos agentes, se cuestionan, dudan, si realmente es injusta su labor con dicho antagonismo legal. Solo por el mero hecho de que el gobierno de turno haya presentado y conseguido llevar a cabo su ley, estos obedecen sin más.

Si retrocedemos en el tiempo, en España y concretamente en la dictadura franquista, la policía de entonces, practicaba una represión similar a la actual contra las manifestaciones de los ciudadanos de aquel período. Estos agentes, una vez más, obedecían ciegamente al régimen. A la muerte del dictador, una vez instaurada la democracia y aprobada la constitución española, aquellos actos fueron calificados de represores e injustos, ya que atentaban contra las libertades de los ciudadanos.

¿Cómo puede ser que ninguno de estos agentes se cuestione dicha contradicción? ¿No son ciudadanos como todos nosotros? ¿No pertenecen a la misma sociedad? ¿Por qué somos tan hipócritas y hablamos de manipulación e injusticia en pasado?

La obediencia ciega solo causará situaciones injustas. Nada tiene que ver con el respeto. Es lógico obedecer las normas establecidas socialmente, cuando las mismas estén destinadas a la convivencia y mejora de la sociedad. Debemos ser respetuosos no porque te obliguen, sino por convicción personal. Pero en el desarrollo de nuestras sociedades y sus respectivas leyes, no siempre se producen leyes o normas justas. Contra estas, la obediencia es lo más parecido a la sumisión. La desobediencia civil se configura como una herramienta que el ciudadano oprimido dispone para hacer frente ante esa manipulación. Esto, a su vez, se convierte en un arma de doble filo. Oponerse a una ley injusta, es cometer un acto ilegal. Aún siendo un derecho que antes era totalmente legítimo. De esta forma, comprobamos como el sistema concibe un método perfecto para sumir al ciudadano.

El sistema tiene una agenda, en la que está marcada sus objetivos y la cumple sin vacilaciones. Y aquí es donde debemos actuar. Pensemos sin estar acondicionados, reflexionemos en lo que tenemos, si es que nos queda algo. Actuemos en consecuencia. Señalemos a los verdaderos culpables y no a los que ellos nos indican. Si lo conseguimos, de forma natural, cuestionaremos esas leyes injustas, esas noticias absurdas que nos desinforman y lo más importante: dejaremos de ser obedientes y pensaremos por fin, libremente.

 

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